Antonio Orden vuelve a proclamarse campeón del mundo de Muay Thai

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Antonio Orden vuelve a proclamarse campeón del mundo de Muay Thai

Acompaño a Antonio Orden en su Campeonato del Mundo de Muay Thai (Lo que nadie vio)

El asfalto devoraba los kilómetros bajo las ruedas mientras el norte iba quedando atrás. Eran quinientos kilómetros de distancia, pero en mi cabeza solo había un destino y un propósito. Madrid nos esperaba. Era la tarde del viernes y el aire ya estaba cargado de esa electricidad inconfundible que precede a las grandes batallas. Me dirigí al Pabellón José Caballero, en el corazón de Alcobendas. Allí se estaba gestando algo grande, una de esas noches que quedan grabadas a fuego en la retina de los que amamos este deporte. El evento Extreme Fighters estaba a punto de convertir a la ciudad en el epicentro mundial de los deportes de contacto, y el nombre principal del cartel no era otro que el de mi buen amigo, el varias veces campeón del mundo, Antonio Orden.


Cuando finalmente crucé las puertas del recinto, el ambiente era una mezcla de caos organizado y tensión contenida. Encontré a Antonio. Su mirada, normalmente afilada y llena de vida, estaba velada por una capa de agotamiento profundo. Los gestos eran lentos, medidos, como si cada movimiento requiriera un esfuerzo titánico. El recorte de peso es un fantasma despiadado que persigue a todos los luchadores, una tortura física y mental que seca el cuerpo para dar en la báscula, pero que también drena el alma. Pude ver en él los estragos de esa batalla invisible. Antonio no solo cargaba con el peso de defender su prestigio y su legado, sino que también llevaba sobre sus hombros la inmensa responsabilidad de ser promotor en su propia velada. Estar pendiente de la logística, de los otros peleadores, del montaje, de que cada detalle funcionara como un reloj suizo, es algo que destrozaría a cualquiera. Era evidente que había atravesado una semana exhausta de trabajo y preparación incesante. Sin embargo sabia que eso no iba a parar a Antonio, si hay algo que define a este deportista, es que es un hombre excepcional, forjado en un yunque diferente al del resto de los mortales.

La noche del viernes transcurrió con la pesadez de las esperas previas a la tormenta. Al amanecer del sábado, la ciudad de Madrid despertó con un sol pálido de febrero. Agarré mi teléfono y le escribí un mensaje sencillo, directo. «Buenos dias hermano. ¿como te encuentras?». La respuesta no tardó en iluminar la pantalla de mi móvil, fue inmediata, y con ella, se disipó cualquier rastro de preocupación que yo pudiera tener. Su contestación fue simpática, vibrante, cargada de una energía completamente renovada. «Buenos diasss búa con unas ganas terribles, ya soy otro». Esas simples palabras me sacaron una sonrisa inmediata. Tratándose de Antonio, sabía exactamente lo que significaban. El proceso de rehidratación había hecho su magia, el cuerpo había absorbido los nutrientes y, lo más importante, su mente había cruzado la línea. Ya no era el promotor cansado ni el amigo exhausto. Había entrado en modo competición. El depredador había despertado y nos esperaba una velada histórica.

El rival de esta noche monumental no era un cualquiera. Se trataba de Takuma Ota, un retador llegado directamente desde Japón. Cuando lo observé de cerca, pude percibir de inmediato el aura que le rodeaba. Encarnaba a la perfección el arquetipo del artista marcial asiático: una persona extremadamente comedida, introspectiva, de movimientos calculados y reservada en todos y cada uno de sus comportamientos. No había alardes, no había miradas desafiantes fuera de lugar, solo un estoicismo gélido que imponía un respeto absoluto. Sabíamos perfectamente que Ota había viajado miles de kilómetros no para ser un mero espectador, sino para plantar cara y arrebatar el cinturón de la WBC Muay Thai. Era un rival formidablemente difícil, de piedra, y precisamente por eso, su presencia otorgaba una magnitud aún mayor al desafío de Antonio.

Takuma Ota y Antonio Orden posando en el pesaje para Deporte de Contacto

Y entonces llegó la hora, la velada fue sencillamente impresionante. El Pabellón José Caballero estaba a reventar, una olla a presión donde el eco de los cánticos y los aplausos resonaba en las gradas. El público de Alcobendas estaba completamente entregado, arropando no solo a Antonio, sino a todos los competidores que se dejaron la piel sobre la lona en esa noche mágica. Pero hubo un instante, un momento efímero y épico, que se me grabó en la memoria por encima de todos los demás.

Fue el instante justo antes de salir al cuadrilátero, el silencio antes de la tormenta, nos encontrábamos en el vestuario y el silencio y la mística invadían el aire. Caminé a su lado, haciendo el pasillo hacia el rincón.

Durante todo el combate, estuve allí, pegado a su esquina, con la cámara en la mano, grabando cada esquiva, cada bloqueo, cada golpe. Vibré con cada uno de sus movimientos, sintiendo la onda expansiva de los impactos y la respiración agitada desde la barrera, hasta el sudor de los dos caía sobre mi cara en algún golpe. Ver pelear a Takuma Ota fue comprobar que las advertencias eran reales; el japonés era una roca, un guerrero metódico que obligó a Antonio a sacar su mejor versión, a utilizar todo su arsenal y su inteligencia en el ring. Cuando finalmente la victoria se decantó del lado de Antonio, el estallido de júbilo fue ensordecedor, me alegro profundamente porque es un deportista español enorme, un embajador de nuestro arte, pero siendo honesto, mi amistad con él hace que sea imposible ser imparcial. Siempre querré que gane, y siempre que mis responsabilidades me lo permitan, estaré ahí, a su lado.

Hace unos meses, en una conversación tranquila, me había anticipado que lucharía en Madrid con el objetivo de volver a coronarse en el campeonato del mundo y me comentó que le gustaría que estuviera allí, algo que me alaga profundamente y por supuesto me comprometí a ello, así que marque esa fecha en el calendario y cumplí lo prometido Yo cumplí mi palabra de estar presente, conduciendo esos 1000 kilómetros desde el norte, y él cumplió la suya alzándose con la victoria. El reencuentro en los vestuarios tras la pelea fue el colofón perfecto, el olor a linimento, el sudor, la adrenalina aún fluyendo por las venas, momento en el que nos dimos un abrazo sincero que certificaba nuestro acuerdo no escrito.

Con una sonrisa de satisfacción absoluta, le dije que ya me tocaba emprender el camino de vuelta a mi tierra, de nuevo hacia el norte. Mientras el motor del coche rugía para salir de Madrid, supe que volvería a hacer este viaje las veces que fueran necesarias.

Larga vida al rey Orden 👑

Fredi Mosteirin
Deporte de Contacto

Fredi Mosteirin y Antonio Orden, tras bajarse del ring de proclamarse de nuevo campeón del mundo de Muay Thai

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