La rodilla no perdona, en defensa de Conor McGregor

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La rodilla no perdona, en defensa de Conor McGregor

Por Fredi Mosteirín

Llevo un par de horas alucinando, amiguete. Y no precisamente con la patada voladora que sacó Conor McGregor nada más abrirse la jaula en el T-Mobile Arena, que de eso ya hablaremos, sino con el desfile de opinadores que ha vomitado internet desde el sábado por la noche. Tíos que no se han subido a un octógono en su vida, que como mucho han olido la lona de un ring de boxeo o han dado cuatro patadas al saco en una clase de kickboxing, dando lecciones magistrales sobre si Conor tiene que retirarse, sobre si es un payaso, sobre si esto y sobre si lo otro. Y me parece increíble, de verdad te lo digo, que gente que se hace llamar deportista —así, entrecomillado y con pinzas— se dirija a otro compañero de profesión de esa manera, con esa suficiencia de barra de bar que tanto abunda y tan poco vale.


Pero déjame que te cuente una cosa antes de entrar en harina, porque es personal y va al fondo del asunto. A mis cuarenta y siete tacos, una de las fases más jodidas que he vivido como deportista no ha sido ninguna lesión, ni ninguna derrota, ni ninguna paliza de las muchas que me he comido; ha sido asimilar la edad que tengo. Y te garantizo que en la cabeza de los que entrenamos todos los días como norma, de los que por suerte todavía nos encontramos fuertes y en forma, cuesta horrores hacerse a la idea de los años que uno lleva encima. En mi cabeza yo me he quedado en los veintimuchos, amiguete, pero han pasado veinte años largos desde aquello, y esa es la trampa: tú tienes la técnica, tienes el conocimiento, tienes las ganas, tienes la pasión, lo tienes absolutamente todo, y sin embargo hay un día en que el cuerpo, que es un cabrón desagradecido, decide que no te acompaña.

Las lesiones a los veinte y las lesiones a los cuarenta no son la misma película. Cuando yo tenía dieciocho años me molían a hostias en el gimnasio, me partían una costilla y a los tres días estaba de vuelta entrenando con dolor, desobedeciendo al médico y creyéndome inmortal. Que te rompan una costilla con cincuenta tacos, o casi cuarenta como es el caso de Conor, es otro cantar bien distinto. Una cosa es lo que uno lleva en la cabeza y otra muy diferente es la realidad física y metabólica de cada cuerpo, que no entiende de egos ni de highlights. Y sí, doy la razón a quienes dicen que los cuarenta de antes no son los cuarenta de ahora, de acuerdo, comprado; pero hay algo inequívoco que no se discute, y es que el tiempo pasa, y cuanto más pasa, más técnico serás, más sabio, más resolutivo, sí, pero ni más rápido, ni con más aguante, ni con el cuerpo que tenías a los dieciocho. Eso es intrínseco al ser humano, y hasta que inventen la pastilla que te quite años, es lo que hay: los años pasan y no pasan en balde, para lo bueno y para lo malo.

Dicho esto, vamos al hombre. McGregor es una estrella, y punto. Ha estado años fuera del octógono, sí; le compro las fiestas, los desfases, todo lo que quieras echarle en cara. Pero que nadie olvide que este señor es quien le ha dado a la MMA lo que la MMA es hoy. Fue el Michael Jordan del baloncesto y el Pelé del fútbol de este deporte, y esto no se discute. El resto están todos por debajo, dígase lo que se diga, guste más uno o guste otro. Cualquier amante de las artes marciales mixtas que haya empezado viendo los vale todo de hace décadas y que haya seguido la evolución de este deporte desde entonces no puede estar en desacuerdo con que Conor fue la chispa, el detonante, el deportista que le dio la vuelta a esto a nivel mundial. Eso vaya por delante, con lo cual el respeto ese que presumimos tener los deportistas debería ir por encima de todo lo demás.

Y aquí viene lo grande de este artículo, amiguete, lo que de verdad me hierve la sangre. Se subió cuatro años después, y en lugar de aburrir a las vacas, entrar a puntear, ver venir al rival, soltar algún low kick suelto y ponerse a boxear un combate soso, leyendo al de enfrente poco a poco, suavecito, sin cansarse, calculando cómo van a ir las cosas… no, no y no. Conor salió siendo Conor. Salió a buscar el caos en el primer segundo, con una patada espectacular en el aire que hacen pocos, y cuando digo pocos me quedo corto, porque hoy en día para ver una tijera tienes que ver 30 combates de la UFC. Hoy todo es de libro, todo de manual, y cada vez las MMA empiezan a parecerse peligrosamente al fútbol moderno. ¿Te acuerdas de Ronaldo esquivando a media defensa desde el centro del campo, del sombrero, del caño por debajo de las piernas al rival? Pues de eso ya no queda nada, amiguete. Cada vez es un fútbol más de aguante, más defensivo, más de baloncesto europeo, para aburrir a las vacas; yo si veo baloncesto veo la NBA, porque para ver un solo mate en todo el partido me quedo en el sofá de mi casa.

Pues lejos de todo eso, Conor sigue siendo Conor y sigue dándole a las artes marciales mixtas lo que son en esencia: espectáculo puro y duro. Gente intentando luchar de verdad, disciplinas nuevas, aire fresco, patadas laterales, giratorias, en salto, misiones imposibles. Eso es lo que engancha, y eso es hacia donde tiene que caminar la MMA. Salió como un toro y tuvo la maldita mala suerte de apoyar mal la rodilla. Todos lo vimos en el momento, todos supimos que esa rodilla había caído torcida en el aterrizaje. Le puede pasar a cualquiera, absolutamente a cualquiera, y más con treinta y siete años en las piernas. Yo mismo, sin ir más lejos, arrastro una lesión de rodilla desde hace siete meses; no sé si es casualidad pero me solidarizo con el en primera persona, porque después de la resonancia de hace unos días resulta que tengo una fisura en la rótula, y por eso llevo siete meses apartado de la competición más exigente. Así que no quiero ni pensar el calvario que le espera a Conor en los próximos meses, con lo que apuntan los médicos.

Lo único que puedo decirle desde aquí es gracias. Gracias por todo lo que haces y por todo lo que has hecho. Y espero que salga de esta, porque aunque la rodilla se opera y se rehabilita, lo verdaderamente difícil es lo de dentro. Yo, que nunca en mi vida había tenido una lesión seria, reconozco que ahora ando con pies de plomo en cada movimiento, y no te hablo de nada arriesgado, sino de un gesto medianamente normal, porque tienes miedo a volver a romperte. Eso se te queda ahí clavado y es durísimo de sobrellevar en la cabeza, el saber que una vez rompiste. A los veinte te da igual, te lo tomas todo a cachondeo, hasta que un buen día los años te ponen en tu sitio sin pedirte permiso.

Con esto solo quería dar una visión personal. Bueno, no, muy personal, seamos sinceros. Pero agradeciéndole a Conor que ayer saliera a dar espectáculo, a ser quien es, a hacer lo que mejor sabe hacer. Y lejos de tener que sentirse avergonzado, debería sentirse lo más orgulloso posible, porque frente a los que hablan mucho y hacen poco, frente a los que hablan mucho y saben menos, y frente a los que hablan mucho y conocen poquito, Conor McGregor sigue representando, ayer, hoy y mañana, un deporte que es, simple y llanamente, es espectáculo.

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