La noche en que Ilia Topuria nos enseñó a perder: la derrota más grande de un invicto

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La noche en que Ilia Topuria nos enseñó a perder: la derrota más grande de un invicto

Buenas, amigos. Os escribe Fredi, todavía con la madrugada de la Casa Blanca metida en el cuerpo, y os lo digo de frente, como hablamos siempre en esta casa: lo que vivimos anoche no fue el final de nada. Fue el principio de la lección más grande que Ilia Topuria nos ha dado jamás. Y mirad que nos ha dado lecciones. Pero ninguna como esta.

Diecisiete victorias lo trajeron invicto hasta los jardines de la residencia presidencial de Estados Unidos. Diecisiete. Y la cuenta se detuvo en el cuarto asalto, cuando su hermano Aleksandre, desde la esquina, decidió que ya estaba bien. Diecisiete y uno. Así de seco se escribe en el papel. Pero dejadme que os cuente por qué ese uno, ese único uno, puede que sea lo más valioso que tiene hoy El Matador en todo su palmarés.


Ilia enseña siempre, hasta cuando pierde..

Tenéis que tener muy, muy presente este artículo, amigos, porque vivimos una época rara. Una época donde todo el mundo solo quiere ganar y nadie ha aprendido a perder, o peor, donde a nadie le han enseñado a perder. Y conviene distinguir bien lo que son las cosas: el deporte no es solo la victoria. El deporte es la victoria y la derrota, las dos, agarradas de la mano. La derrota es un proceso necesario que algunos tienen la enorme suerte de no conocer durante mucho tiempo. Pero forma parte del camino. Siempre.

Y aquí está lo extraordinario de este hombre. Ilia Topuria enseña en todo momento. Enseña cuando gana, claro, eso es lo fácil. Pero es que enseñó incluso cuando se vio que la noche se le torcía, cuando cualquier otro habría empezado a calcular, a protegerse, a buscar la salida digna. Él no. Él enseñó yendo de cara hasta el último segundo que su cuerpo le permitió. Enseñó en la manera de ir perdiendo. Y ahora, creedme, nos va a enseñar la lección definitiva: cómo se pierde y cómo se vuelve.

Lo que se vio en el octágono fue una declaración de principios

Vimos a un luchador que no dio ni un solo paso atrás. Ni uno. Fue hacia adelante con todas las consecuencias, buscando el cuerpo a cuerpo, buscando derribar, buscando confrontar a un rival temible sin esconderse jamás. El puño de Justin Gaethje es de los más demoledores de toda la historia del peso ligero, esa mano encontró el rostro de El Matador una y otra vez, y aun así no consiguieron parar al hombre. La mandíbula aguantó. El corazón aguantó. La voluntad, esa, no se rindió en ningún momento.

Lo que cedió fue otra cosa. Y ahí está, amigos, la primera de las grandes enseñanzas de la noche.

Primera lección: no rendirse jamás, ir siempre de cara

Que quede grabado a fuego, sobre todo para los más jóvenes de la Tribu, para los chavales que entrenan en el Free Dojo y en mil gimnasios de toda España: la rendición de Ilia no salió de Ilia. Hubo que pararla desde fuera. Tuvo que ser la mano serena de un hermano, desde la esquina, la que dijera basta. Porque de ese hombre, de su boca, esa palabra no iba a salir nunca.

Eso, amigos, no es perder. Eso es ganar de otra manera. Es la grandeza de quien afronta el combate de cara, sin trampas, sin cálculos cobardes, asumiendo el precio que haya que pagar. Nadie, jamás, podrá decir que Ilia Topuria se rindió. Nadie podrá decir que se quedó tumbado. Y os garantizo que eso, en este deporte, vale más que muchos cinturones.

Segunda lección: hasta los gigantes son de carne, y reconocerlo es de valientes

Le habíamos puesto a Ilia el cartel de indestructible, y se lo merecía. Tres victorias seguidas sobre tres leyendas absolutas: Volkanovski, Holloway y Oliveira. Tres nombres que son historia viva de las artes marciales mixtas, y a los tres los durmió. ¿Cómo no íbamos a creerlo de hierro? Yo el primero lo creía.

Pero la grandeza verdadera no está en ser invulnerable, porque eso no existe, sino en seguir dando la cara sabiendo que no lo eres. La piel se abre, el hueso se cansa, la propia arquitectura del cuerpo tiene un límite que no pregunta por tu voluntad. Y aquí está lo grande: Ilia quería seguir. Su cuerpo todavía pedía guerra. Fue su esquina la que, con amor y con cabeza, lo protegió de sí mismo. Esa es la segunda lección que nos regala El Matador: que todos somos vulnerables, hasta los que parecían tallados en granito, y que aceptarlo no te empequeñece, te agranda.

El valor de una sola derrota en un palmarés inmaculado

Os voy a decir algo que va a sonar a contracorriente la mañana siguiente de una caída. Esa única derrota que hoy aparece en el palmarés de Ilia Topuria no lo empequeñece. Lo engrandece.

Pensadlo bien, amigos. Un palmarés perfecto, sin una sola mancha, es una cosa hermosa, pero también es una cosa hueca. No te dice de qué madera está hecho un hombre, porque al hombre lo conoces de verdad cuando la vida lo tira al suelo y miras a ver qué hace. Hasta anoche, no lo sabíamos del todo. Habíamos visto cómo gana Ilia, lo habíamos visto mil veces. No habíamos visto lo otro. Y ahora ya lo sabemos: cae yendo hacia adelante, cae con la cara alta, cae sin rendirse. Cae como caen los grandes.

Ese uno en el casillero de las derrotas no es una mancha. Es una medalla de otro tipo. Es la prueba de que pisó donde otros no se atreven, de que subió a unificar un título contra uno de los pegadores más letales de la historia sin esconderse detrás de excusas ni de combates fáciles. Los invictos eternos, muchas veces, lo son porque eligen bien a sus rivales. Ilia eligió al monstruo. Y aunque el monstruo le ganó la noche, le ganó respeto eterno.

Va a volver. Y va a volver siendo más grande

Porque va a volver, de eso no tengo la menor duda. Caer no es quedarse en el suelo, amigos. Caer es solo el instante previo a levantarse, siempre que uno tenga la madera para hacerlo. Y a este hombre la madera le sobra por todos los costados.

Lo que empieza esta madrugada, lo que El Matador nos va a ir mostrando en las próximas semanas y meses, es la lección más difícil y más bonita de todas: cómo se digiere un golpe que no es físico sino al orgullo, al relato, a esa idea de uno mismo como invencible. Y cómo, desde ahí, desde la soledad del vestuario y el rostro hinchado, uno se reconstruye más fuerte, más sabio y más peligroso que nunca.

Aquí en España tenemos un dicho viejo y sabio: lo que no te mata te hace más fuerte. Se dice mucho y se entiende poco, hasta que la vida te coloca en situación de comprobarlo en carne propia. Ilia lo va a comprobar ahora, delante de todos nosotros. Y yo, que llevo muchos años pegado a este deporte, entre cuerdas y vestuarios y madrugadas como la de hoy, os firmo una cosa: a los luchadores no los define cómo celebran las victorias, los define cómo cargan con las derrotas. Y la manera en que Ilia Topuria va a cargar con esta lo va a colocar, paradójicamente, más cerca de la leyenda de lo que ya estaba.

Gaethje le ganó el combate y le ganó el cinturón, y que nadie le reste mérito, porque fue una batalla brutal ganada de ley. Pero hay algo que no se gana ni se pierde en cuatro asaltos, y es la categoría de un hombre. Esa sigue intacta. Esa, os lo digo, anoche hasta creció.

Diecisiete y uno. Grabaos ese uno, amigos. porque puede que algun día lo recordemos como la noche en que Ilia Topuria nos enseñó lo más difícil de todo: a perder de pie.

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