Strickland doma al ‘Lobo’ en una guerra de trincheras y recupera su corona

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Strickland doma al ‘Lobo’ en una guerra de trincheras y recupera su corona

Nunca antes en la historia de la UFC habíamos presenciado una previa tan tensa dentro de la jaula. Hasta 30 efectivos de seguridad abarrotaron el octágono antes de que sonara la campana, formando un muro humano para evitar que Khamzat Chimaev y Sean Strickland se destrozaran antes de tiempo. El ambiente era irrespirable, cargado de una rabia y una hostilidad que prometían una carnicería histórica. Sin embargo, lo que se desplegó ante nuestros ojos en los siguientes 25 minutos fue, sin lugar a dudas, uno de los combates más rocambolescos, extraños y difíciles de puntuar que recordamos en la división.

El rey ha vuelto a casa. Sean Strickland es el nuevo campeón tras propinarle a Khamzat Chimaev la primera derrota de toda su carrera (16-1). Pero para entender cómo llegamos a esta decisión, que bien podría haber caído de cualquier lado sin que nadie se llevara las manos a la cabeza, hay que diseccionar una pelea que fue de todo menos ortodoxa.



El espejismo del primer asalto: Un paseo militar frustrado

Cuando el árbitro dio la orden y los de seguridad despejaron el lienzo, el guion pareció escribirse solo. El primer asalto nos devolvió a la versión más terrorífica de Chimaev. El ‘Lobo’ salió a devorar, imponiendo su wrestling de altísima escuela y dominando a Strickland de principio a fin.

Fue un monólogo absoluto. Chimaev anuló cualquier iniciativa del estadounidense, pegándolo a la lona y manejando los tiempos con una superioridad pasmosa. Viendo esos primeros cinco minutos, la sensación generalizada en la arena era que estábamos ante un trámite; un paseo militar en el que el checheno iba a arrasar y a llevarse el cinturón por la vía rápida. Nada más lejos de la realidad.

El giro rocambolesco y el «Bare Knuckle» anestésico

El segundo episodio marcó un punto de inflexión tan extraño que dejó a todos los analistas rascándose la cabeza. Chimaev salió a repetir la fórmula, pero en uno de sus intentos de derribo ocurrió lo impensable: se quedó prácticamente exhausto. La imagen fue insólita en un atleta de su calibre; tras no conseguir su objetivo, el checheno llegó a tumbarse en el suelo de espaldas, ofreciéndose y evidenciando un vaciado de tanque de gas absolutamente prematuro.

A partir de ahí, el combate mutó. Nos olvidamos de las MMA modernas y viajamos en el tiempo a una pelea de Bare Knuckle (boxeo a puño limpio). Durante el segundo, tercer y cuarto asalto, el grappling desapareció de la ecuación. No hubo derribos, ni siquiera fintas de intentarlos.

Una guerra de pies planos: Lo que presenciamos fue un striking extremadamente rudimentario. Ambos púgiles se plantaron con los talones pegados al suelo, olvidándose del juego de piernas y del volumen, para enzarzarse en un intercambio de directos y semi-directos básicos. Apenas vimos algún middle kick suelto para romper el hielo.

Hay que ser honestos con la afición: fue una propuesta tan plana que rozó el letargo. A pesar de que Chimaev mantuvo el centro de la jaula y registró un avance constante (llegando a dominar la presión en más de un 40%), Strickland no se amilanó, mantuvo el tipo y aceptó ese intercambio sin florituras ni virguerías técnicas. Fueron quince minutos de golpeo monótono, efectivo pero carente de brillo, que a más de uno en la mesa de comentaristas casi nos cuesta un bostezo.

El muro de Strickland y el último cartucho

Llegamos al quinto asalto con las tarjetas de los jueces siendo un completo misterio. Consciente de que la pelea estaba en el aire, Chimaev decidió cambiar el ritmo. Empezó intercambiando cuero, pero rápidamente volvió a sus raíces y buscó el derribo.

Aquí emergió la figura de campeón de Sean Strickland. El estadounidense levantó un muro infranqueable, ofreciendo una defensa de takedowns superlativa que frustró cada entrada del checheno. Viendo que el suelo estaba clausurado, volvieron a esa pelea encarnizada y loca de golpes básicos pero pesados. Chimaev quemó sus naves con un último intento de llevar la pelea a ras de lona en los compases finales, pero volvió a chocar con la sólida base de Strickland hasta que sonó la bocina.


El honor marcial por encima del caos

La decisión de los jueces coronó a Sean Strickland. Sorprendió a algunos, sí, pero dada la naturaleza de este combate de trincheras, una victoria de Chimaev tampoco habría sido considerada un robo. Ambos conectaron, ambos sobrevivieron a su manera.

Pero si algo nos llevamos de esta noche en New Jersey no es el espectáculo técnico, que brilló por su ausencia, sino la majestuosa lección de deportividad que clausuró el evento. Toda esa ira, la seguridad armada, los insultos previos y la tensión asesina se diluyeron en el instante en que terminó la batalla.

Ver a Khamzat Chimaev, tras sufrir la primera derrota de su vida profesional, ser el encargado de acercarse y colocarle personalmente el cinturón de campeón a Sean Strickland, es una imagen que dignifica este deporte. Es un recordatorio vital de que las artes marciales mixtas no son una pelea callejera entre bestias, sino una disciplina de atletas de élite que llevan su cuerpo y su mente al límite absoluto.

Strickland vuelve a sentarse en el trono. Chimaev anota un 16-1 en su inmaculado récord, una cura de humildad y aprendizaje que seguramente abra la puerta para que el ‘Lobo’ se retire a curar sus heridas. No duden que volverá a aullar con más fuerza para reclamar el liderazgo de la manada.

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